sábado, 15 de abril de 2017

La alargada sombra del molino /22)

Cuando Sofia se sentó frente a Santiago, y comenzó a hablarle del molino, este la miró como si le hablar de un cuadro, un cuadro grande, llamativo, que hubiera ocupado un lugar importante en la casa, pero solo eso, un cuadro, una imagen, algo que esta ahí, estático, para ser contemplado, nada más, en el fondo para él el molino era un recuerdo, el de su padre, un ser con quien nunca se había entendido, de quien se sentía lejano, y ese molino lo representaba.
-Mira, para mí ese molino tiene mucha menos importancia que para vos, nunca me hice cargo de él, por lo menos como debería haberlo hecho, y si no me importó cuando era joven, ahora que estoy a nada de morirme, menos, podes hacer lo que se te cante con él, venderlo, quemarlo y cobrar el seguro, lo que quieras, hace décadas que es más tuyo que mío o que de Agustín, pobresito, y no es un reproche, al contrario, gracias a vos hemos vivido muy bien, nos salvaste, y por eso te agradezco que quieras consultarme, pero realmente no me importa que pase con el molino, tráeme los papeles que quieras que firme, y los firmo, pero por favor no me hagas decidir nada sobre él.

Viendo ese edificio imponente, mucho más 70 años atrás que ahora, Sofia pensó en lo que habría sentido Esteban, de ver que todo ese se erigía gracias a él, si, era otra época, la gente tenia otra perspectiva sobre el mundo y los seres humanos, y sobre todo alguien como Esteban, seguro era un hombre profundamente egolatra, con cierto complejo de Dios, que había fundado en la nada su propia aldea, su lugar en el mundo, que realmente era suyo, donde el podía diseñar y decidir sobre todo, igual no creía que hubiera sido de esas personas preocupadas por decidir lo que hacían sus empleados fuera del horario de trabajo, sino su empresa, su firma, su apellido, tenía mente de empresario, no de político, no quería que adoraran su imagen, quería desafiarse a sí mismo y ver hasta donde podía llegar. 



La alargada sombra del molino /21)

Dejar de ser la jefa, patrona, dueña o el título que quisiera darsele del molino, era como quitarse una parte de sí, pero se sentía reconfortada de saber que no moriría ahí, Sofia, quería morir sabiendo que ya no era la que estaba a cargo de ese lugar, como una madre que siente que ya puede morir cuando siente que su hijo ha encaminado su vida, porque en el fondo, a pesar de las frustraciones, dolores de cabeza, ronca, y demás que le había causado el molino, se había convertido en una parte de ella, en una extensión de su ser, era a lo que más tiempo y energía le había dedicado en su vida, mucho más que a su propio hijo, lo sabia y era algo que le pesaría toda su vida, y que su hijo se encargaba, con razón, de recordarle cada vez que podía, pero era consciente de que nunca hubiera sido tan buena madre, como era buena empresaria, no tenia con que, no contaba con ese instinto, y se reprochaba haber sido madre, más por un capricho, que por una necesidad.
Y ahora era un nuevo comienzo, vacaciones, administrar el ocio, hasta que la vejez se hiciera presente, con el cumulo de enfermedades, turnos al medico, análisis, recetas, etc.

Mi hermana se retira y yo sigo a cargo de mi empresa, nunca pensé que fuera a ser más constante que ella, yo que siempre soñé con un hombre, una familia, el cliché del cuento rosa, la mujer en el hogar, claro que haciendo nada, o sea la mujer rica en el hogar, la ama de casa de presentación, la anfitriona, la ladera de un hombre rico y poderoso, y al final no, termine viviendo de esas mujeres, montando una empresa basada en su vanidad, que era también la mía, nada más que en vez de perder plata, obtuve ganancias de la misma.
Curioso mí caso, el amor, ese pasional, ideal, romántico, bello, nunca lo conseguí, tal vez lo que aprendí es a quererme a mí misma, y eso es me parece que es lo mejor que le puede pasar a una persona, aprender a quererse, a aceptarse, conocerse y valorar lo que se es, y lo que no.

sábado, 1 de abril de 2017

La alargada sombra del molino /20)

Miro su oficina, era el lugar donde más tiempo había pasado en su vida, usando zapatos de tacos, vestidos oscuros, el pelo apretado en una cola o rodete, el maquillaje sutil, pero, las medias de nylon, el aire acondicionado, y la ventana con vista a todo el pueblo.
Y ya estaba cansada, ya no sentía los triunfos, ni los fracasos que tenia como empresaria, no le importaban, actuaba de forma automática, no pragmática como hasta entonces, le aburría escuchar de alianzas comerciales, exportaciones, aumentos de sueldo, seguros de vida, quería abandonar todo eso, dejar de lado las discusiones, las falsas sonrisas, el tono de voz especifico que usaba cuando se ponía en la piel de la empresaria, que de tanto llevarla, no sabia como era el otro, el de la mujer, el de la madre.
Qué soy, una empresaria, punto, ahí se termina todo, mi único logro, bueno otros no logran nada, yo logre eso, pero estoy cansada, fastidiada de eso, fastidiada de todo.
Pensó en Esteban, se estaba muriendo, vivía a fuerza de innumerables medicamentos que lo irritaban o le daban sueño, pensó en Agustín, con su vida triste, solitaria, aniñada.
A ellos no les importaba una mierda si esa empresa seguía perteneciendo a su familia o no.
En el fondo nunca fue por ellos, lo hice por mí, para demostrarme que podía, un desafió, bueno podría decir que me salí con la mía, soy una empresaria relativamente exitosa, si so existe en este país.
Pero ya se terminó, ahora quiero ser algo más, o si no no ser nada, solo una señora de casi 60 años, con bastante plata, tal vez viaje, o me consiga un tipo más joven que me saque la plata.

No entendía la necesidad perversa de extender la vida que se había hecho algo casi obligatorio en los últimos 40 años.
Esteban recordaba ver algunos viejos cuando era joven, y en general o andaban bien o se morían al poco tiempo, no los mantenían en un limbo, que más se parecía a un infierno, lleno de pastillas, enfermeras, damas de compañía, doctores, todos mirándolo con lástima o bronca, o una mezcla de ambas.
Todo porque les sirve en las putas estadísticas decir que alguien que antes vivía hasta los 70 ahora llega a los 80, como si vivir fuera esa mierda de estar lleno de medicamentos, no poder comer con sal, con azúcar, tener que tomar pastillas o meterse sondas hasta para mear, con dolores en todo el cuerpo, para qué mierda habré llegado hasta los casi 90, si hace años que no vivo, solo ando, o ni ando, respiro, y mal, qué perversión esto, qué porquería, vivir para mantener laboratorios, que encima no son capaces de descubrir la forma de hacernos vivir como la gente, no así, que estamos peor que una fruta en la heladera, pudriéndonos de a poco, perdiendo el color, el gusto, la vida, de forma lenta, parece que los hijos de puta no fueran a llegar a viejos, tal vez ese es el problema, que nadie piensa en que se convertirán en esos mismos viejos a los que maltratan o ignoran, porque la vejez es casi tan ineludible como la muerte, las personas somos tan cobardes y masoquistas que preferimos una vejez indigna, que es casi la única que hay, antes que el suicidio, y eso porque a la vejez la bloqueamos por absurda, como a la muerte, pese a que convivimos con ella, es algo molesto, que no queremos ver, en lo que no queremos pensar, por eso se maltrata o ignora a los viejos, porque representamos lo que les espera, el espejo donde nadie quiere mirarse.
Ni siquiera los propios viejos, qué de lindo tiene para uno depender de otros, ver como se pierden las facultades, ver que lo único que uno puede esperar de los demás es condescendencia.
Pero bueno, ahí sigo, yo tampoco me suicido, solo me quejo, como buen humano. 

sábado, 25 de marzo de 2017

La alargada sombra del molino /19)

Personas revolviendo la basura, haciendo fila frente a las ollas populares, barriendo calles, juntando ramas o solo estando en algún lugar hasta que se le encontrara una utilidad que justificara la miseria del plan trabajar, que alcanzaba para no morirse de hambre y ya, la pobreza se palpaba en todas las calles, se respiraba, se veía hasta en los detalles más triviales, las mujeres dejándose la raíz del cabello sin teñir por falta de plata para la tintura, las uñas sin esmalte, olor a sobaco por falta de desodorante, y por supuesto en la ropa y el calzado, lleno de agujeros o de ínfima categoría, ropa comprada en los mercados de segunda mano, usada o mal confeccionada, igual las zapatillas, que denotaban grandes agujeros, con medias en similares condiciones, que dejaban ver uñas sucias. 
Ruido de tambores, de movilizaciones, calles cortadas por oportunistas que trataban de aprovecharse de ese hambre y es frustración, tratando de luchar contra los oportunistas históricos, punteros y políticos peronistas, no porque les importara la gente más que a estos, sino porque veían su oportunidad para arañar un poco de poder.
Sofia a cambio de que no acamparan frente al molino, donaba varios kilos de harina a las organizaciones sociales, incluso a sus trabajadores.
La devaluación la había ayudado con la deuda que tenía la empresa, y el que ahora gracias a eso su producto era barato a nivel internacional, por lo que mejoraron las exportaciones.
Igual ya todo lo hacia con la expectativa de la próxima crisis que terminaría por cerrar el molino, se sentía como una mujer golpeada, al que el marido después de cada paliza, le regala un ramo de flores o una caja de bombones.

Se sintió aliviada al averiguar que la compañía de seguros que había contratado no se hubiese fundido, aunque le dieron vuelta por meses antes de pagarle.
Afortunadamente para ella, tenía dinero algo de dinero ahorrado en el exterior, y sobre todo en una caja fuerte en su casa, por lo que logró sobrevivir sin tener que vender a mal precio su auto, su casa o despedir a la señora que la ayudaba.
4 meses después, cuando volvió a abrir su tienda insignia, como había pasado en las otras que en general salvo alguna vidriera rota, se habían salvado del saqueo, empezó a recibir clientes extranjeras, turistas que venían a ver el país ese que se había caído, que estaba en crisis, una especie de África en América, pero con buenos y baratos (para su economía) hoteles, y sin la dura barbarie de ese continente, era como ver a a visitar a un pariente pobre, y reconfortarse por estar en una situación mucho más privilegiada. 
También se dio cuenta que esas mujeres no solo estaban haciendo turismo marginal, sino que venían a averiguar si estaba dispuesta a venderles a sus respectivos maridos, la franquicia.
Ana lo pensó por días, estuvo 1 semana dándole vueltas a la idea, estaba cansada del país, de sus crisis, también de sus clientas, pero no, no podía, era su lugar, una extensión de sí misma, una parte de ella, y no estaba dispuesta a extirparla, por más que los beneficios de mantenerla fueran solo un capricho narcisista. 

La alargada sombra del molino /18)

El país no crecía, estaba en recesión, tantas veces había pasado, y ambas estaban seguras que volvería a pasar, se sentían como las ratas de laboratorio, dando vueltas nen la misma rueda.
Las frases hechas, pero ciertas, empezaron a salir de los labios tanto de Sofia como de Ana.
-En este país no se puede vivir, todo te cambia de un día para el otro, los políticos te venden un mundo hoy y otro mañana, y nosotros se los compramos, estoy harta.
Le dijo Ana, mientras no dejaba de tener presente en su mente las imágenes donde su principal tienda era saqueada, ver manos sucias tirando, rasgando, manchando y quemando su ropa, otros llevándosela.
La hizo sentir sola, triste, estúpida, frustrada.
El seguro, (si es que no se había fundido) se haría cargo del costo, pero ella no se podía sacar las imágenes de la cabeza, su tienda había sido su lugar en el mundo, había supervisado su remodelación, había iniciado allí amistades, sociedades comerciales, aventuras amorosas, era una extensión de sí misma, su nido, su cueva, su hogar, incluso tenia un pequeño departamento detrás, donde a veces sobre todo antes de casarse y tener hijos, solía quedarse a dormir.
Mi vida pisoteada, escupida, quemada, destrozada, por gente arriada, que nunca ha sabido lo que es tener algo de valor, gente resentida e ignorante, gente dañina, gente nefasta.
Igual más que a esas bestias, odio a los que los mandaron ahí, la mayoría están casados con tilingas que gastaban fortunas en mi tienda para verse mejor, para aparentar lo que nunca serían, para olvidarse de donde salieron.

Sofia también tenía que lidiar con gente frente al molino, aunque no la saqueaban, por ahora, aunque exigían harina gratis, los trabajadores acampaban frente al molino y amenazaban con convertir el mismo en una cooperativa si llegaban a despedir a alguno de ellos.
-Se creen que tengo la maquina de hacer plata, en general los trabajadores nunca aprecian nada, ellos se piensan que porque una está en una oficina, ya está, la fuma en pipa, no se dan cuenta todas las decisiones que hay que tomar, de donde sale la plata, los acuerdos, las ganancias y las perdidas, que tengo que medicarme para dormir y para levantarme, que me salió una ulcera, que no sé qué carajo decidirá el gobierno que venga, no ven que en Argentina todo es una ruleta rusa, y ni hablar dirigir una empresa sin corrupción, por eso en general los empresarios cómodos se hacen amigos del político de turno, para no tener que enfrentar ningún costo, como se dice, corren con el caballo del comisario, siempre amparados por el paraguas estatal, a los pocos que intentamos hacer algo diferente, nos cortan las alas, por eso este país siempre se está yendo a la mierda, prefieren los alcahuetes, a los emprendedores, y estoy harta.

sábado, 11 de marzo de 2017

La alargada sombra del molino /17)

Tomo la urna con las cenizas y la sostuvo mientras la colocaba sobre la baranda del puente que había en la ruta.
Era un día soleado de otoño, Esteban miró sus manos sobre la urna, eran pálidas, con manchas de la vejez y muchas arrugas, algunos pelos blancos también se veían por ahí.
Catalina, en el fondo nunca nos quisimos nosotros, yo estaba entusiasmado con vos, me gustabas, además papa me chinchaba las pelotas para que me casara, pero amor, nunca sentí, vos menos, eso te lo provocaba la casa, la plata, el apellido, todo más prometedor que yo, no te lo niego, hiciste bien en aferrarte a eso, que al final fue lo único que conseguiste de nuestra unión, porque amor, comprensión, respeto, nunca nos tuvimos, te hice y me hiciste infeliz, nos convertimos en seres inmundos juntos, nos transformamos, o tal vez era lo que siempre fuimos en esencia y solo estaba faltaba que algo, algún hecho lo despertara.
Tal vez siendo los 2 unos frustrados, nos deberíamos haber apoyado en el otro, darnos consuelo, pero no supimos como, eramos seres acostumbrados a que nos consolaran a nosotros, no a consolar, 2 ignorantes en lo que se refiere a lo sentimental, acostumbrados a solo valorar lo material, igual no sé si hicimos mal en valorar eso, por lo menos uno sabe que esperar del dinero, o el apellido, o la posición, en cambio de las personas, es como jugar a la ruleta rusa, y casi siempre lo que se consigue es una bala.
No sé qué más decirte, podría recurrir a una frase hecha como que nos encontraremos en otra vida, pero ni vos, ni yo creíamos en esas cosas, así que esta es la última despedida.
Te traje hasta este puente, porque me acorde de uno de los pocos momentos auténticos de nuestra relación, en ese tiempo no estaba el puente, y vinimos hasta la laguna, aunque vos llevabas una sombrilla ridícula para que el sol no te hiciera pecas, vos como todas las mujeres tenían terror a las pecas en ese tiempo, y yo te agarre, tire la sombrilla, te cargue y nos tiramos juntos al agua, creía que te ibas a enojar, es más, lo esperaba, deseaba que fuera una buena excusa para que os terminaras con nuestro compromiso, pero te reíste y chapoteaste conmigo por un buen rato, a lo mejor solo fuiste más viva que yo, y decidiste fingir que no te importaba, que no te molestaba mojarte tu mejor vestido, o exponerte al sol, conociéndote, es lo más probable, pero quiero engañarme a mí mismo, como hace ya 60 años, y pensar que si fuiste sincera y que en verdad disfrutaste ese momento, tal vez el más dulce que vivimos juntos. 


sábado, 4 de marzo de 2017

La alargada sombra del molino /16)

Después de más de un año, el cáncer empezó a causarle efectos dañinos, dolores y vómitos, ya no tenía el consuelo de las harinas, ni los azucares, por lo que decidió hacer los arreglos para después de su muerte, eligió el cajón donde ser velada, aunque estaba segura que las escasas personas que estarían allá sería más por cumplir con una formalidad que por otra cosa, estaba segura que nadie la quería, ni la extrañaría, como ella no quería a nadie, ni le causaba pena el dejar el mundo por perder el contacto con alguien.
Eligió un cajón, y también ser cremada y que sus cenizas fueran lanzadas en la ruta, recordó unos pocos momentos de felicidad que había tenido cuando viajaba a la capital a comprar telas antes de casarse, cuando soñaba con ser una gran señora, ahora que lo era, lo único que deseaba era volver a ser esa muchacha, solo para poder tener la capacidad de soñar, y el optimismo que la rodeaba.
Terminare movida por el viento en una de las zanjas, junto con alguna rata, el olor de mis restos se mezclara con el de aceite para camión, nafta, lluvia, pasto, cagadas de perros, gatos, ratas, igual capaz que nadie hace mi voluntad, Santiago no va a tirar mis cenizas, ni siquiera creo que vaya a mi velorio, Agustín, bueno...nada, Ana, pero esa hace rato que se olvido de que existo, Sofia, hasta se va a preguntar como todavía no había muerto.
No me va a quedar otra que dejar plata para que alguien lo haga, la tarada esta que me cuida, si, si tiene ganas, si no tira mis restos en un tacho de basura y usa la urna de caja para meter bijouterie, perfumes o algún juguete de los 200 hijos que tiene, pero bueno, yo ya voy a estar muerta, esto lo hago solo para entretenerme y que se me pasen más rápido las horas. 

Cuando el doctor la vio por última vez, ella le preguntó cuanto le quedaba y este le dijo que un día como mucho, antes de caer inconsciente y que la trasladaran al hospital, con gran esfuerzo, se hizo colocar su vestido preferido, que le quedaba grande debido a todo el peso perdido, igual le costó calzarse sus zapatos, porque sus pies eran puro hueso para que las pulseras no se le fueran hasta los antebrazos, tuvo que sostenerlas con sus cadavéricas manos, luego se puso la gargantilla y se hizo pintar los labios, sombrear los ojos y maquillas sus pómulos, se sintió como en esas reproducciones caricaturescas que tenían en México para el día de muertos, pero no le importo.
Todas terminan yendo al hospital pálidas, demacradas, en un camisón blanco, yo no.