Con la ayuda de mi mama, hija, como vos ahora. Verónica no le creyó, pero entendió que debía dejarse ayudar, no solo para estar bien, sino por su hijo.
De a poco empezó a necesitar cada vez menos la ayuda de su madre. Dejó de tenerle miedo a que se le cayera cuando lo bañaba o se le ahogara cuando le daba la teta, a confiar en sí misma.
Lo que se profundizó fue su distancia con Alberto, cada día sentía que tenía menos en común con él. Su hijo, pero lo veía poco y no le dedicaba mucho tiempo, ni atención. A medida que pasaba el tiempo y ya no sentía ni atracción ni compatibilidad hacía él. Ese sentimiento se fue transformando en desagrado, le costaba compartir tiempo con Alberto. Hablar con él, tener sexo, aunque eso era muy poco frecuente, ya que Alberto casi nunca la buscaba, de hecho apenas le demostraba cariño, ella hacía lo mismo, no le nacía, ni quería fingirlo, ni forzarse a seguir intentando, por lo que se limitaba a ser una ama de casa, algo que cada vez le costaba y la aburría más. La cansaba la rutina de lavar la ropa, barrer el piso, ir a hacer las compras, orear, preparar la comida, etc. Le parecía monótono, pudridor, no encontraba ninguna satisfacción u orgullo cuando veía la casa limpia. Aunque se decía que era mucho mejor que un espacio sucio, pero no era algo que le gustara, tampoco sabía qué podía gustarle, no tenía un anhelo, ni una esperanza, ni un deseo. Todos se habían concentrado en casarse, tener su propia casa y familia, peor ahora que tenía todo eso, en el fondo no significaban nada. Su hijo en parte le provocaba lo mismo que la casa, lo atendía, le enseñaba palabras, lo hacía dar pasos, jugaba con él, lo estimulaba, pero porque sentía que era su obligación, no porque le gustara.
sábado, 13 de julio de 2024
Los días/13)
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