Ver arrugas alrededor de sus ojos, y que la carne de su cuerpo poco a poco se fuera volviendo menos firme. Era algo que le provocaba sentimientos ambivalentes, por un lado una parte de ella deseaba la vejez, porque era el paso previo a la muerte, algo que desde que naciera Agustín anhelaba, y por el otro odiaba esa decadencia física y a la larga mental que eso implicaba.
Tenía 45 años, en poco tiempo entraría en la menopausia, luego vendría un período de relativa tranquilidad, pero en la que las agujas del reloj seguirían girando, y las arrugas acrecentándose. La carne volviéndose fofa, y empezaría a faltarle la fuerza.
Pero ya no tendré que discutir con nadie sobre por qué tomo tantas pastillas, diré que es para la hipertensión o alguna de esas cosas, y tampoco tendré que maquillarme o vestirme como si saliera en una revista. Qué sentido tiene, o tal vez si siga haciéndolo, solo para demostrar que me conservo, no igual pero bien. Conservarse, qué ilusión más estúpida, a lo sumo podemos retrasar un tiempo lo inevitable, pero nunca conservar, las personas estamos destinadas a ir perdiendo todo...
Por un momento pensó en el molino, cada vez más endeudado, ya había despedido a la mitad de los trabajadores y se estaba convirtiendo en una gran carcacha, se sonrió al recordar todos los planes que en su momento había tenido para cuando naciera Agustín.
Ahora estaría por hacerse cargo de la empresa, graduándose en administración de empresa en alguna universidad norteamericana. Sin embargo no, hay que aplaudirle que con mucho esfuerzo aprendiera a leer y escribir y hablar más o menos de forma entendible.
El molino, si todavía resiste, quedara para las pobres huérfanas, como en un culebrón de la tarde, qué patético todo.
Cuando egresó del secundario, Ana empezó a salir con un hombre casado, bastante rico, padre de una chica unos años menor que ella que iba al mismo colegio. El hombre la había dejado a los pocos meses y desde entonces ella se metió a estudiar diseño, quería volverse una buena diseñadora, pero se dio cuenta que no tenía el talento para la creación, pero si para ver el de los demás y también el carisma para conseguir las inversiones necesarias y abrir su propia boutique.
A veces Sofia se preguntaba si había estudiado administración solo para ayudar a Sebastián y levantar el molino, para molestar a Catalina, y que supiera que ella se haría cargo de la empresa de la familia, o si realmente le gustaba. Nunca llegaba a una respuesta correcta, pero se reconfortaba al pensar que tampoco había ninguna carrera que le despertara entusiasmo, a la que sintiera su vocación.
Sebastián el de la ruina o Sebastián el decadente. Mi padre quería que fuese un rey, y yo tengo vocación de cortesano. Pobrecito, la decepción que se llevó, pero bueno, ya que le puede doler ahora.
Mi legado igual será Agustín y las chicas, lo único bueno que me dio sin querer Catalina y lo único bueno que hice yo, el inútil, jugador, derrochador de Agustín. Pero es buen padre, eso hay que reconocérselo, es lo que dirán.
Tenía 45 años, en poco tiempo entraría en la menopausia, luego vendría un período de relativa tranquilidad, pero en la que las agujas del reloj seguirían girando, y las arrugas acrecentándose. La carne volviéndose fofa, y empezaría a faltarle la fuerza.
Pero ya no tendré que discutir con nadie sobre por qué tomo tantas pastillas, diré que es para la hipertensión o alguna de esas cosas, y tampoco tendré que maquillarme o vestirme como si saliera en una revista. Qué sentido tiene, o tal vez si siga haciéndolo, solo para demostrar que me conservo, no igual pero bien. Conservarse, qué ilusión más estúpida, a lo sumo podemos retrasar un tiempo lo inevitable, pero nunca conservar, las personas estamos destinadas a ir perdiendo todo...
Por un momento pensó en el molino, cada vez más endeudado, ya había despedido a la mitad de los trabajadores y se estaba convirtiendo en una gran carcacha, se sonrió al recordar todos los planes que en su momento había tenido para cuando naciera Agustín.
Ahora estaría por hacerse cargo de la empresa, graduándose en administración de empresa en alguna universidad norteamericana. Sin embargo no, hay que aplaudirle que con mucho esfuerzo aprendiera a leer y escribir y hablar más o menos de forma entendible.
El molino, si todavía resiste, quedara para las pobres huérfanas, como en un culebrón de la tarde, qué patético todo.
Cuando egresó del secundario, Ana empezó a salir con un hombre casado, bastante rico, padre de una chica unos años menor que ella que iba al mismo colegio. El hombre la había dejado a los pocos meses y desde entonces ella se metió a estudiar diseño, quería volverse una buena diseñadora, pero se dio cuenta que no tenía el talento para la creación, pero si para ver el de los demás y también el carisma para conseguir las inversiones necesarias y abrir su propia boutique.
A veces Sofia se preguntaba si había estudiado administración solo para ayudar a Sebastián y levantar el molino, para molestar a Catalina, y que supiera que ella se haría cargo de la empresa de la familia, o si realmente le gustaba. Nunca llegaba a una respuesta correcta, pero se reconfortaba al pensar que tampoco había ninguna carrera que le despertara entusiasmo, a la que sintiera su vocación.
Sebastián el de la ruina o Sebastián el decadente. Mi padre quería que fuese un rey, y yo tengo vocación de cortesano. Pobrecito, la decepción que se llevó, pero bueno, ya que le puede doler ahora.
Mi legado igual será Agustín y las chicas, lo único bueno que me dio sin querer Catalina y lo único bueno que hice yo, el inútil, jugador, derrochador de Agustín. Pero es buen padre, eso hay que reconocérselo, es lo que dirán.