El molino era enorme. El único edificio que se veía a varios kilómetros del pueblo, con sus 50 metros de largo superaba en más del doble de altura a cualquier otro edificio del lugar.
Estaba pintado de un color crema casi blanco, encabezado por una cúpula de tejas rojas bermellón.
Esteban le había pedido al arquitecto que tratara de imitar a los viejos molinos de viento, aunque como no le gustaban las tejas negras, eligió las rojas.
Sebastian veía ese edificio y solo se abrumaba, no entendía el negocio, ni su manejo, le aburría y le angustiaba todo lo que tenia que ver con las maquinas, los trabajadores, los clientes, etc. Por lo que no pensaba hacerse cargo de nada, quería encontrar quien pudiera ser su mano derecha, aunque no sabía dónde, Su padre no había tenido a nadie que semejara ese rol, siempre había sido un hombre orgulloso de su omnipresencia.
Catalina engordaba, odiaba estar embarazada, los calores, los cambios de humor, las nauseas, los antojos. Que todo el mundo le preguntara si sentía patadas, el sentirse pesada, el engordar, retener liquido, las estrías. Pero lo peor era no poder contarle a nadie lo que sentía, sabía que si lo hacia todos la mirarían como un bicho raro, o como una madre desamorada. Las personas que la rodeaban solo le hablaban de lo dichosa que sería, de que estaba pasando por unos de los mejores momentos que podía vivir una mujer.
Ella solo se refugiaba en pensar en el futuro bebe, eso sí le interesaba, lo que saliera de ella, pero era la espera a la que no le veía nada de dulce, lindo, especial, o dichoso.
El niño, sabía que Sebastián, si tenía suerte y se comportaba de la forma más responsable que pudiera, que no era mucho. Podía mantener en malas condiciones el molino hasta que su hijo se hiciera cargo del mismo. A Catalina se le metió en la cabeza que el niño sería incluso mejor que su abuelo. Iba a tratar de inculcarle todo lo que ella consideraba que debía tener un empresario, un líder, un hombre de poder.
Tejía pensando en eso, elegía los juguetes, los libros de cuentos, incluso empezó a ahorrar de la plata que le daba Sebastián para sus gastos. Solo para que en un futuro pudiera ir a un buen colegio, le atormentaba la idea de que Sebastián fundiera la fabrica, porque esa sería la piedra fundacional del imperio que soñaba para su hijo.
El día del parto, que fue muy doloroso porque el niño peso casi 4 kilos, al ver sus ojos y sus rasgos mongoles, Catalina deseó que ambo murieran en ese instante.
Estaba pintado de un color crema casi blanco, encabezado por una cúpula de tejas rojas bermellón.
Esteban le había pedido al arquitecto que tratara de imitar a los viejos molinos de viento, aunque como no le gustaban las tejas negras, eligió las rojas.
Sebastian veía ese edificio y solo se abrumaba, no entendía el negocio, ni su manejo, le aburría y le angustiaba todo lo que tenia que ver con las maquinas, los trabajadores, los clientes, etc. Por lo que no pensaba hacerse cargo de nada, quería encontrar quien pudiera ser su mano derecha, aunque no sabía dónde, Su padre no había tenido a nadie que semejara ese rol, siempre había sido un hombre orgulloso de su omnipresencia.
Catalina engordaba, odiaba estar embarazada, los calores, los cambios de humor, las nauseas, los antojos. Que todo el mundo le preguntara si sentía patadas, el sentirse pesada, el engordar, retener liquido, las estrías. Pero lo peor era no poder contarle a nadie lo que sentía, sabía que si lo hacia todos la mirarían como un bicho raro, o como una madre desamorada. Las personas que la rodeaban solo le hablaban de lo dichosa que sería, de que estaba pasando por unos de los mejores momentos que podía vivir una mujer.
Ella solo se refugiaba en pensar en el futuro bebe, eso sí le interesaba, lo que saliera de ella, pero era la espera a la que no le veía nada de dulce, lindo, especial, o dichoso.
El niño, sabía que Sebastián, si tenía suerte y se comportaba de la forma más responsable que pudiera, que no era mucho. Podía mantener en malas condiciones el molino hasta que su hijo se hiciera cargo del mismo. A Catalina se le metió en la cabeza que el niño sería incluso mejor que su abuelo. Iba a tratar de inculcarle todo lo que ella consideraba que debía tener un empresario, un líder, un hombre de poder.
Tejía pensando en eso, elegía los juguetes, los libros de cuentos, incluso empezó a ahorrar de la plata que le daba Sebastián para sus gastos. Solo para que en un futuro pudiera ir a un buen colegio, le atormentaba la idea de que Sebastián fundiera la fabrica, porque esa sería la piedra fundacional del imperio que soñaba para su hijo.
El día del parto, que fue muy doloroso porque el niño peso casi 4 kilos, al ver sus ojos y sus rasgos mongoles, Catalina deseó que ambo murieran en ese instante.