sábado, 31 de diciembre de 2016

La alargada sombra del molino /7)

Ver arrugas alrededor de sus ojos, y que la carne de su cuerpo poco a poco se fuera volviendo menos firme. Era algo que le provocaba sentimientos ambivalentes, por un lado una parte de ella deseaba la vejez, porque era el paso previo a la muerte, algo que desde que naciera Agustín anhelaba, y por el otro odiaba esa decadencia física y a la larga mental que eso implicaba.
Tenía 45 años, en poco tiempo entraría en la menopausia, luego vendría un período de relativa tranquilidad, pero en la que las agujas del reloj seguirían girando, y las arrugas acrecentándose. La carne volviéndose fofa, y empezaría a faltarle la fuerza.
Pero ya no tendré que discutir con nadie sobre por qué tomo tantas pastillas, diré que es para la hipertensión o alguna de esas cosas, y tampoco tendré que maquillarme o vestirme como si saliera en una revista. Qué sentido tiene, o tal vez si siga haciéndolo, solo para demostrar que me conservo, no igual pero bien. Conservarse, qué ilusión más estúpida, a lo sumo podemos retrasar un tiempo lo inevitable, pero nunca conservar, las personas estamos destinadas a ir perdiendo todo...
Por un momento pensó en el molino, cada vez más endeudado, ya había despedido a la mitad de los trabajadores y se estaba convirtiendo en una gran carcacha, se sonrió al recordar todos los planes que en su momento había tenido para cuando naciera Agustín.
Ahora estaría por hacerse cargo de la empresa, graduándose en administración de empresa en alguna universidad norteamericana. Sin embargo no, hay que aplaudirle que con mucho esfuerzo aprendiera a leer y escribir y hablar más o menos de forma entendible.
El molino, si todavía resiste, quedara para las pobres huérfanas, como en un culebrón de la tarde, qué patético todo.

Cuando egresó del secundario, Ana empezó a salir con un hombre casado, bastante rico, padre de una chica unos años menor que ella que iba al mismo colegio. El hombre la había dejado a los pocos meses y desde entonces ella se metió a estudiar diseño, quería volverse una buena diseñadora, pero se dio cuenta que no tenía el talento para la creación, pero si para ver el de los demás y también el carisma para conseguir las inversiones necesarias y abrir su propia boutique.

A veces Sofia se preguntaba si había estudiado administración solo para ayudar a Sebastián y levantar el molino, para molestar a Catalina, y que supiera que ella se haría cargo de la empresa de la familia, o si realmente le gustaba. Nunca llegaba a una respuesta correcta, pero se reconfortaba al pensar que tampoco había ninguna carrera que le despertara entusiasmo, a la que sintiera su vocación. 

Sebastián el de la ruina o Sebastián el decadente. Mi padre quería que fuese un rey, y yo tengo vocación de cortesano. Pobrecito, la decepción que se llevó, pero bueno, ya que le puede doler ahora.
Mi legado igual será Agustín y las chicas, lo único bueno que me dio sin querer Catalina y lo único bueno que hice yo, el inútil, jugador, derrochador de Agustín. Pero es buen padre, eso hay que reconocérselo, es lo que dirán. 

sábado, 24 de diciembre de 2016

La alargada sombra del molino /6)

Sebastián apoyó a Ana en un brazo y a Sofía en el otro, y las llevó hasta donde estaba Agustín.
Este tenía 1 año menos que ellas, pero era más alto. Los 3 intercambiaron miradas y se saludaron dando cada uno un beso en la mejilla del otro y dejándola llena de saliva. 
Sebastián se alejó unos metros de ellos y los dejó interactuar. Los niños se miraban, Agustín le rozaba apenas con las yemas el pelo a Sofía, mientras que Ana miraba todos los juguetes que tenía Agustín, sobre todo un caballo de madera.
Sebastián anhelaba que pudieran tener un buen vinculo, que llegaran a quererse y contenerse.

Agustín cada día se hacía más alto y más gordo. Las niñas se fueron diferenciando entre sí, sobre todo en el carácter. Sofía era tímida, aunque muy cariñosa una vez que entraba en confianza. Ana era más simpática, le encantaba hablar de todo lo que se le ocurría, aunque siempre sabía callarse antes de resultar molesta. Cuando notaba que su presencia podía ser fastidiosa, se iba a la pieza a jugar con sus muñecas. Amaba todas y cada una de ellas, cada noche dormía con una diferente para no discriminarlas, según decía. Pero, en realidad, era para que le siguieran comprando otras y no le dijeran lo mismo de lo que se quejaban sus compañeras de colegio, que si ya tenía una favorita, para qué querían otras, que se pondría celosa la pobre muñeca preferida.
Igual, más que cualquiera de sus muñecas, ninguna le fascinaba tanto como Catalina, que para ella era una mezcla de reina, bruja, hada, y todo lo que su imaginación proyectaba. La señora que apenas hablaba con ellas, que de casualidad las miraba, que solo cuando cumplían años o en las fiestas mostraba una tenue y triste sonrisa. Esa mujer elegante que siempre estaba maquillada, a la que no le interesaba nada que tuviera que ver con ella. La misma por quien Ana hubiera dado todas sus muñecas para poder estar en su regazo, para escucharla. Quería aprender de Catalina, ser como ella.

Sofia, por el contrario, detestaba a Catalina, le alegraba casi no tener verla ni escucharla. Le resultaba por demás desagradable. Muchas veces Catalina le había dicho a Ana y a ella que no era su madre, que su madre había muerto, por varios días seguidos había tenido pesadillas debido a eso, y, pesar del tiempo, todavía seguía teniéndolas de vez en cuando.
También odiaba la absoluta indiferencia que mostraba con Agustín y Sebastián, aunque en ambos era recíproco, pero ella notaba que a Agustín a veces le dolía.
Desde que supo que su madre estaba muerta, y una de las monjas del colegio la viera llorando y le dijera que su mamá estaba en el cielo. Se volvió muy religiosa, intentó leer la biblia, pero no entendió casi nada de lo leyó, por lo que sus conocimientos de Dios, la virgen y los santos provenían de las clases de catecismo, ya que tampoco le eran claros los sermones del cura los domingos en la iglesia.
Pero le daba paz y tranquilidad pensar que su madre había sido una elegida del señor para ayudarlo en su tarea. Que estaba con los ángeles observándola desde arriba, que allí irían todos los que hicieran el bien, y nunca se encontrarían con los que hicieran el mal. Deseaba fervientemente acompañar a su madre. También que Catalina muriera y fuera al infierno. A veces se sentía culpable por tener esos malos pensamientos. Más por las reprensiones que le daba el cura cuando se confesaba, pero volvía a tenerlos. A veces, se sorprendía de rezar para que a Catalina la partiera un rayo o le agarrara esa rara enfermedad que volvía amarillas a las personas y de la que casi nadie decía su nombre.


sábado, 17 de diciembre de 2016

La alargada sombra del molino /5)

-Catalina, despertarte.
-Mama, por favor, a qué viniste tan temprano.
-Levántate, querés. Es por algo de tu prima, Luisa.
-¿Qué pasa con Luisa? hace un montón que no la veo.
-Pobrecita, murió.
-¿Qué?
-Se fue en sangre, un parto, ya sabes que la desgraciada era una coneja, desde que se casó con el ignorante bruto ese, la lleno de hijos, y bueno el parto se malogró y murió ella y el bebito que venía. Tremendo.
-Ojalá me hubiera pasado a mí.
-Ay cállate la boca, no sabes lo que decís.
-Si mama, lo sé, o te crees que es lindo tener un hijo como Agustín...Increíble, Luisa tuvo cuanto, 8 chicos, y todos normales, qué mal estoy, no pude engendrar ni 1 solo bien.
-Hija, por favor, deja de decir esas barbaridades, igual, mira no sé, a lo mejor te parece pésimo pero yo estaba pensando, el bruto ese no se va a hacer cargo ni de la mitad de los chicos que tiene, seguro los va a desparramar entre la familia suya y la nuestra, así que podrías traerte a las nenas.
-Ja, claro, aprovecho que están de oferta, mamá, deja de decir pavadas.
-Mira, para vos es lo mejor, lo que necesitas, no pensar en Agustín, y empezar a ser madre, de estas nenas preciosas, no sé si las has visto, y son chiquitas, ellas pobrecitas no conocieron a su madre, así que te van a querer como si lo fueras.
-Mama, apenas puedo hacerme cargo de mí misma, y vos querés que lidie con 2 huérfanas, ya tanto escuchar radionovelas te crees que esa es la realidad.
-Vos decí lo que quieras, pero si lo pensas, me vas a dar la razón, o ahora tu vida es gastar plata, que no sé si te crees que la plata la cagan los perros, o qué, pero todos chusmean que se están quedando sin nada, porque si sacas y no repones, bueno, ya sabes. Así que por lo menos dale un sentido a tu vida, y pensa que esas nenas no tienen a nadie.
-Si, las huerfanitas desgraciadas, mañana, voy a llorar un rato por ellas, ahora déjame que me tengo que cambiar.

Estela habló con Agustín, estaba empeñada en que Victoria y Perla vivieran en la casa, este aceptó enseguida, después de tener a Agustín lo que más anhelaba era estar rodeado de niños, estos no lo juzgaban, y consideraba que había algo especial y vital en verlos crecer, aprender a hablar, caminar, etc. Aceptó sobre todo para que su hijo pudiera estar rodeado de otros niños de su edad.
También porque a Estela la consideraba una madre, la suya apenas la había conocido, ya que había muerto cuando él naciera, al conocer a Estela esta se había convertido en esa imagen y él en el hijo varón que nunca había tenido.




sábado, 10 de diciembre de 2016

La alargada sombra del molino /4)

Hacia días que no se veían, desde que había dado a luz, igual Catalina lo hizo llamar a Sebastián con la enfermera.
-¿Por qué no lo internaste todavía?
-No lo pienso internar.
-Ah mira, te vas a hacer cargo del mongólico, nunca has hecho nada en tu vida, pero hora el deficiente te cambió la vida.
-Si, me la cambió, a vos también, pero yo quiero hacer algo por él, lo asumo como lo que es, mí hijo.
-Y qué te crees, que para él va a ser algo bueno criarse acá, por favor, la gente así tiene que estar internada.
-Cada quien lidia con los discapacitados como quiere o puede, yo voy a intentar criarlo, educarlo, hacerlo feliz.
-Por favor, deja esa cursilería espantosa, querés.
-Tómalo como quieras, y para no seguir en lo mismo, te digo que Agustín, porque así lo registre, se queda.
-Gracias por refregarme en la cara mi fracaso.
-En ningún momento pensé en vos al tomar la decisión, no me importa lo que te parezca o lo que quieras.
-Es mí hijo también.
-Y si pudieras lo tirarías a un pozo y lo sellarías con cemento, te conozco Catalina, pero bueno, vos hace lo que quieras, si querés pasarte el resto de tu vida acostada, pudriéndote, adelante, no soy yo quien lo va a impedir, si querés hacerte la victima y echarme la culpa de tu desgracia, también, no me importa.
Yo voy a tratar de ser un buen padre.
Sebastián vendió el 30 % del molino a un empresario de Capital, y otro 10 % a uno rosarino, con ese dinero se dedicó a pagar los mejores especialistas para su hijo.
Estos trazaron un programa de estimulación, para que Agustín pudiera aprender a leer, escribir, y socializar en la medida de sus posibilidades.

Catalina salió de su encierro, le dolían todos los huesos de tanto estar acostada, y decidió levantarse, cambiarse, y no depender de una enfermera.
Luego de vestirse, se colocó unas grandes y muy negras gafas de sol, un pañuelo en la cabeza, tomó uno de los autos, y se fue haciendo chirriar las gomas en el asfalto, hasta Capital, allí se internó en un spa, luego fue a la peluquería, y por último de compras.
Al verse en uno de los grandes espejos del hall del hotel donde estaba registrada, toda maquillada, con ropa y zapatos nuevos, se dio cuenta que era como una estatua, pero no le importó, tal vez eso sería el resto de su vida, una figura, una pose, algo duro, creado para dar una impresión, y nada más. 

sábado, 3 de diciembre de 2016

La alargada sombra del molino /3)

Nadie decía Down, ni siquiera habían oído mencionar esa palabra, por lo que todos hablaban de que el hijo de Esteban y Catalina era mongólico, o mongo. La mayoría lo decía con una falsa pena o lástima, pero en el fondo les satisfacía ya que ninguno de los dos caía bien en el pueblo. 
-Con esos padres otra cosa no iba a salir.
 -Si era normal, salía peor, casi que pueden estar agradecidos que les tocara un retrasado.
-Y ella que se llenaba la boca hablando del chico. Qué va a ser esto, y lo otro, sabes como debe estar.
-A mí me contó mi hermana Tina, la que es enfermera, que se quedó como en shock. Cuando quisieron ponerle el bebe en el regazo, puso los brazos en cruz y empezó a negar con la cabeza.
-Da un poco de lástima, la verdad.
-A mí no,  qué querés que te diga. Lástima el pobre mongo, con esos padres. 

Le costaba todo lo que no fuera tragar pastillas para dormir, no quería levantarse, a pesar de que las piernas se le comenzaban a atrofiar de todas las horas que pasaba en la cama, sus ojos le molestaban cada vez que iba al baño. Le había ordenado a la sirvienta que por ningún motivo subiera la persiana o siquiera corriera las cortinas.
Solo quería dormir, y a veces, pocas, soñar. Allí su hijo era normal, hermoso, todo lo que ella quería que fuese.
Deseaba que hubiera nacido muerto, o ella morir en el parto.
Se reprochaba su falta de fuerza por no haber matado al bebe y luego suicidado.

Eso habría sido valiente, eso hace una persona fuerte, no esto, no esta mierda, ni siquiera sé sufrir bien. Soy una fracasada en todo, una infeliz vacía.
A veces cuando se mareaba de tanto dormir, sus lagrimas se confluían con su saliva sobre las almohadas.
Vomitaba todo lo que le hacían tomar, por lo que el medico le tuvo que poner un suero y una enfermera para que se hiciera cargo de ella.
En pocos días adelgazó todos los kilos que había engordado durante el embarazo, e incluso más.

Su piel se tornó pálida, sus ojos rojos, y los parpados con pesadas ojeras. Su pelo descuidado y sucio, hacían que solo fuera una mueca patética y lúgubre de la mujer hermosa que era un año atrás.

Todos esperaban que el niño fuera de la clínica a un interno, pero Sebastían al ser notificado por los doctores que era un niño especial, lloró, pero enseguida lo besó, y se pasaba horas mirándolo. Incluso le pidió a las enfermeras que por favor le enseñaran a darle la mamadera en la temperatura justa, también a bañarlo y cambiarlo.
Enseguida lo sintió suyo, una extensión de su ser, que cargaba con el mismo peso de la decepción sobre sus hombros, que al igual que él, nunca podría ser lo que los demás esperan que fuera.
Decidió que él lo amaría así, que él en la medida que pudiera lo protegería.