sábado, 20 de octubre de 2018

Encrucijadas de la vida /58)

Todos en sus jaulas, se sienten seguros, o menos peor que afuera. Se encierran en sus creencias, valores, pensamientos, recuerdos. A veces salen, buscan distracciones, intentan ver más allá. Pocas veces consiguen algo que los motive a no volver.
En general fracasan cuando pasan más tiempo afuera. Pero adentro se frustran y tienen que volver intentar algo para que no lo parezca. La llenan de fantasmas, hechos de recuerdos, anhelos, sueños, esperanzas y fantasías. Otras de personas pierden su jaula, y terminan encerrándose en una ajena.

Marcos miró lo que había escrito y se le formó una sonrisa irónica, rompió el papel en varios pedazos. Lo guardó en el bolsillo y lo olvidó. Al regresar a su casa lo recordó y colocó los trozos sobre la parrilla que tenía afuera, casi nueva, ya que no le gustaba asar, ni tampoco comer asado o reunirse con gente a comerlo, no se acordaba de la última vez que alguien la encendiera. Decidió encenderla para quemar los papeles, aunque consideraba que era una estupidez gastar un par de troncos en un papel. Pero quería sentir la leña arder, oír crepitar la madera, ver los diferentes colores que se formaban mientras la llama la devoraba, presenciar su transformación completa, y eso hizo.
Mientras la leña se consumía se exorcizaba una parte suya. Quizás momentáneamente, no sabía, ni quería saber, no le interesaba más que ver el fuego. Pensó que eso era la vida, unos pocos instantes de fuego, de rojo, azul y amarillo, ardiendo,  luego la nada, las cenizas grises. Por eso él había tratado de trascender.

Pensó que no había solo un fuego en la vida, sino varios, dependiendo de cada uno, de la intensidad y calidad de la madera, pero que la suya ya estaba podrida y no servía ni para leña.
Miró las cenizas, las garró con sus manos y las esparció por el césped. 




sábado, 6 de octubre de 2018

Encrucijadas de la vida /57)

Otra muerte, ya eran tantas en tan poco tiempo que en cierta manera se estaba, a Laura le parecía absurda la idea, pero era un hecho, cuando algo se repite pierde su impacto, en apenas 60 días su hija, su hermana, y ahora su madre habían muerto, y no sabía como sentirse, en el fondo a la que más había querido era a Aejandra, su amor y complicidad duró mucho más que el instinto de protección y cuidado que sintiera por su hija, o el amor y admiración que le provocara su madre en la niñez, además su hermana era la que más había tardado en decepcionarla, a la que más quería y la única a la que extrañaba, todavía no se acostumbraba a que nunca más conversaría con ella, ni intercambiarían miradas cómplices, todavía no procesaba bien todo lo que le hiciera en el último tiempo, cuando de repente se enteró de su enfermedad y posterior muerte, el odio y posterior resentimiento no se habían consolidado, por lo que todavía quedaba el amor, el compañerismo, el vinculo latente. Pero con su hija y con su madre, no, Magdalena desde su regreso había sido una extraña, luego de que pudo decirle todo lo que llevaba por años acumulado, fue como si desapareciera. Recordaba a la mujer que después de 40 años se apareciera en su puerta, llena de arrugas, con menos pelo y encorvada, pidiendo perdón, una imagen patética, de una pobre viejecita, digna de lástima, se suponía que las arrugas y demás achaques debían borrar o compensar el abandono, para ella no, lo más digno que podía ofrecerle era lo que le dio, la verdad, vomitarle todo lo que llevaba décadas guardando, no tenerle lástima.
La muerta que menos voy a recordar, la que velé hace un montón, creo que lo mejor que pude hacer fue no reconciliare, hubiera sido una hipócrita, yo no la iba a perdonar y lo que me hizo lo hizo, no es que iba a volver 40 años atrás y quedarse en casa o llevarnos con ella, no, bien que le gustó irse y dejarnos, sacarse esa caga de encima, no afrontar sus obligaciones como madre, fue un irresponsable, igual que Sofía y que Alejandra, todas irresponsables, todas inconscientes, creyéndose por encima de todo, así terminaron.