domingo, 23 de febrero de 2014

Adios a una vida /4)

En todos los cumpleaños, sentían que hablaban de lo mismo, lo único que cambiaban eran los nombres, pero las frases hechas que los asuntos o chusmerios les despertaban, eran identicas, años tras año.
-Te enteraste que...tiene cáncer.
-Qué barbaridad, por eso siempre hay que hacerse un chequeo.
-Es que uno se olvida.
-Y del embarazo de la hija de...
-Qué cosa, no, 15 años la chica, y ya embarazada, no es normal.
-Para coger son vivos, pero no para cuidarse...
-La que se separo es...
-Y si, cuanto hace que el marido la cagaba?
Palabras vacías, evitaban casi mecánicamente que la conversación derivara en lo personal, no querían ni inventarse una patética y obvia mentira, para personas que estaban por demás enteradas de como estaban, ni tampoco decir inútiles verdades, cuando lo único que generarían en los demás, era incomodidad, por eso, para evitar las verdades y los silencios molestos, los 4 se esforzaban por recordar todos los chimes oídos en el trabajo, la calle, el supermercado, y la peluquería.
Después se despedían, Nadia con su pedazo de torta, que apenas difería en unas pequeñas porciones de como había sido, al traerla.
Aunque antes claro, la había ayudado, también Romaán se había levantado y llevado los platos, y  Cesar por no ser menos que este, llevó los vasos.
Luego se retiraron, besos, agradecimientos mutuos, palabras hipócritas, y ya.
Cerraron la puerta de la casa, que se mezclo con el sonido de las puertas del auto.
Se alejaron por el pasillo, se desvistieron, sin mirarse, hacia años, que ambos trataban de no mirase, por miedo a ver reflejado en el otro, el deterioro de sus cuerpos, además era absurdo verse, sentía apatía y un sutil rechazo por el cuerpo del otro, en eso eran iguales, hacia años que no tenían sexo, fue una especie de acuerdo nunca hablado, pero consentido y en cierta forma necesitado por ambos, la necesidad de no intimar, de no tocarse, ni demostrar algo que hacia mucho no sentían.

Todavía te quería, si, no era el amor, ese que es más calentura, que otra cosa, pero te amaba, si, eso es saber que no te jode el saber que vas a pasar el resto de tu vida con alguien, hasta me sentía en cierta forma cómoda de que fuera así.
Se vio a si misma esa tarde, ansiosa, temblando, llorando, repitiéndose que no podía ser, que era todo una fantasía que se había armado en su cabeza, y luego verlo, si era él que llegaba a la casa de ella, que lo recibía con una sonrisa de comercial, y se besaban, inmediatamente sintió alivio, un alivio repugnante, como el que se siente después de vomitar.
No teníamos sexo muy seguido, pero no me importaba, mil excusa me inventaba a mi misma, para no ver lo obvio, ese perfume de mierda que no aguantaba en la ropa, y ese chupón, hijo de mil puta, ni disimularlo, pero mejor, me sirvió para hacer el duelo más rápido.
Si te importaba un carajo la idiota que tenias en la casa, a mí me importó un carajo de vos.
Mariana se levantó, como casi todas las noches a tomar agua.
Roman dormía, desde siempre le llegaba el sueño antes que a ella.

Mariana pensó, para dormir, como para meterme los cuernos, siempre sos más rápido que yo.





sábado, 15 de febrero de 2014

Adios a una vida /3)

Las ramas crepitaban, el sonido y la visión de estas, era lo que más le gustaba de hacer el asado, luego poner el carbón, y esperar a que la negrura se fuera transformando en un rojo intento, luego irlo removiendo hasta forma una pequeña llanura roja como la lava de un volcán, el resto, salpimentar la carne, y echarla, esperar a que se cociera y demás, era algo menor para él, lo que le apasionaba, era el fuego.
Mariana vino caminando con un vaso en la mano, lleno de jugo de naranja, se lo entregó, Román nunca tomaba mates cuando asaba, ya que las pocas veces que lo había hecho, sentía una profunda acidez, y le impedía comer.
-Gracias.
-De Nada.
Mariana se fue de vuelta adentro, todavía le faltaba preparara las ensaladas, una de lechuga y tomate, y otra de papa y huevo, y también viendo como se iban dorando las papas fritas, para Cesar, el marido de Nadie, que no le gustaban las ensaladas.
Una vez que ya tuvo las papas listas, puso el horno al mínimo, y las metió adentro para que no se enfriaran, las ensaladas las puso en la heladera, y se fue a bañar.
Román se quedo viendo como la carne se iba cocinando de a poco, puso la radio, no encontró nada que le interesara, y terminó dejando el dial en una frecuencia donde habían dejado la grabación de un tipo contando chistes verdes, ninguno lo hizo reír, pero por alguna razón, la voz del que los contaba, le resultaba agradable.
A los pocos minutos, el timbre comenzó a sonar, eran obviamente Nadia y Cesar, que como siempre después que tocaban el timbre, se quedaban los 2 muy juntos uno del otro, con los ojos clavados en la mirilla de la puerta.

domingo, 9 de febrero de 2014

Adios a una vida /2)

Mariana colocó la torta en la heladera, era pequeña, ya que no iban a ser muchos invitados.
Nadia, mi cuñadita, siempre trae la suya. Qué ricas le salen, lástima que después se lleva la mitad, pero bueno, es como un impuesto. Además ella no pide nada y encima trae siempre un regalo.

La cosa es que nadie se quede con las ganas de algo dulce y tampoco es cuestión de andar misereando.
Antes de encargar la torta siempre le pedía los ingredientes a Nadia, y luego se los pasaba a la repostera para que le hiciera una igual, solo que más chica.

Y hoy seguro que uno o dos kilos engordo. Como me gustan las cosas dulces, la puta madre. Los antojos que tuve durante los embarazos: 13 kilos engordé con cada uno. Por suerte logré bajarlos bastante rápido. Me deben haber llevado más o menos un año después de cada embarazo. Y eso teniendo los dos más chicos colgados colgados de las tetas y a la más grande correteando por todos lados. 
Pero era joven, ahora mierda bajo 13 kilos en un año.

Dejó la torta y cerró la heladera. Fue al living, sobre una mesa que había al costado, estaban diseminados varios portar retratos, tomó la foto que se había tomado con los 2 chicos, cuando Luciana tenia 1 año.
Qué bien me veía, no hay nada que hacerle, si no te ves bien a los 25, no te ves bien nunca.
Luego tomo el portarretratos de su boda, una tenue sonrisa se dibujo en sus labios, y una mirada profundamente irónica.
¿Qué habrá sido de estos dos?


domingo, 2 de febrero de 2014

Adios a una vida /1)

El último cigarrillo. Esta vez sí lograría lo que se prometiera a sí mismo tantas veces: no volver a fumar. Ese día cumplía 53 años, y ya estaba harto de ver las consecuencias que más de 33 años con el vicio le había dejado en el cuerpo.

Solo a mí se me ocurre dejarlo un domingo a la tarde. Bueno, tampoco hubiera sido menos deprimente fumármelo a la mañana, qué día de mierda es el domingo.

Román tiró el cigarrillo que se apagó con el rocío del pasto.
Qué pelotudo, en vez de disfrutar del último pucho, me puse a quejar del domingo.

Se quedó un momento inmóvil. Luego se levantó y recogió el cigarrillo a medio fumar que había tirado, estaba húmedo.
Mierda, este no va a poder ser el último.
Lo volvió a tirar y sacó otro del paquete.
El humo de un gris blanquecino le recordó a cuando veía a su padre de espaldas desde el pasillo antes de irse a acostar, este siempre se quedaba unos minutos en el comedor fumando. Román divisaba su espalda y el humo que se levantaba por sobre la cabeza de su padre.
El parecerse a su padre era uno de los tantos motivos que lo habían motivado a empezar a fumar, aunque los primeros intentos solo consiguieron ahogarlo, marearlo y provocarle un profundo asco. No entendía que veía su padre en esa cosa insulsa y amarga.

Empezó a fumar de forma regular el mismo día que Mariana estrujó su atado y lo tiró por el balcón. Ella agarró el vicio a causa de la ansiedad que le provocaban los exámenes. Pero, después de que un día, mientras estudiaba, sin darse cuenta la ceniza cayó sobre uno de sus libros quemando media hoja, se juró dejarlo.
Román cuando Mariana abrió la puertaventana del balcón, le pidió que se los diera, ésta se los acercó, tirándolos de mala gana sobre la cama.
-Si vas a fumar, anda al balcón o a la terraza. No me llenes de humo el departamento que ya bastante me está costando dejarlo, y vos querés agarrarlo.
Ese día fue la primera vez que se fumó un cigarrillo entero, y la última vez que lo hiciera Mariana.
Esperó tener el mismo poder de decisión que ella, tal vez debería quemar algo, la tarjeta.
Se sonrió.
Esta vez, como las últimas cinco veces que se había dicho que lo dejaría, no pensaba mencionarle nada a nadie. Mariana se había cansado de escucharle hablar sobre diferentes fechas y plazos que se ponía para dejarlo para a la semana estar de vuelta con un cigarrillo sobre los labios.
Le quedaban unos cinco centímetros de línea blanca, antes de llegar hasta el filtro, que era cuando siempre apagaba su cigarrillo.
Inhaló con exagerada fuerza el humo, luego lo exhaló de igual forma. Tomó el cigarrillo con el pulgar y el índice, lo llevó hasta la altura de sus ojos. Se quedó mirando cómo se consumía, antes de que el tenue rojizo llegara hasta sus dedos arrojó el pucho, sobre el fuego de la parrilla.
Se llevó la mano derecha hasta el bolsillo trasero del pantalón, tomó el paquete: un cigarrillo, lo guardó en el bolsillo de la camisa.
Todavía no había puesto el asado, ya era hora. Antes de poner la carne en la parrilla decidió ir hasta su pieza y dejar el paquete en el primer cajón de su mesa de luz.