domingo, 2 de febrero de 2014

Adios a una vida /1)

El último cigarrillo. Esta vez sí lograría lo que se prometiera a sí mismo tantas veces: no volver a fumar. Ese día cumplía 53 años, y ya estaba harto de ver las consecuencias que más de 33 años con el vicio le había dejado en el cuerpo.

Solo a mí se me ocurre dejarlo un domingo a la tarde. Bueno, tampoco hubiera sido menos deprimente fumármelo a la mañana, qué día de mierda es el domingo.

Román tiró el cigarrillo que se apagó con el rocío del pasto.
Qué pelotudo, en vez de disfrutar del último pucho, me puse a quejar del domingo.

Se quedó un momento inmóvil. Luego se levantó y recogió el cigarrillo a medio fumar que había tirado, estaba húmedo.
Mierda, este no va a poder ser el último.
Lo volvió a tirar y sacó otro del paquete.
El humo de un gris blanquecino le recordó a cuando veía a su padre de espaldas desde el pasillo antes de irse a acostar, este siempre se quedaba unos minutos en el comedor fumando. Román divisaba su espalda y el humo que se levantaba por sobre la cabeza de su padre.
El parecerse a su padre era uno de los tantos motivos que lo habían motivado a empezar a fumar, aunque los primeros intentos solo consiguieron ahogarlo, marearlo y provocarle un profundo asco. No entendía que veía su padre en esa cosa insulsa y amarga.

Empezó a fumar de forma regular el mismo día que Mariana estrujó su atado y lo tiró por el balcón. Ella agarró el vicio a causa de la ansiedad que le provocaban los exámenes. Pero, después de que un día, mientras estudiaba, sin darse cuenta la ceniza cayó sobre uno de sus libros quemando media hoja, se juró dejarlo.
Román cuando Mariana abrió la puertaventana del balcón, le pidió que se los diera, ésta se los acercó, tirándolos de mala gana sobre la cama.
-Si vas a fumar, anda al balcón o a la terraza. No me llenes de humo el departamento que ya bastante me está costando dejarlo, y vos querés agarrarlo.
Ese día fue la primera vez que se fumó un cigarrillo entero, y la última vez que lo hiciera Mariana.
Esperó tener el mismo poder de decisión que ella, tal vez debería quemar algo, la tarjeta.
Se sonrió.
Esta vez, como las últimas cinco veces que se había dicho que lo dejaría, no pensaba mencionarle nada a nadie. Mariana se había cansado de escucharle hablar sobre diferentes fechas y plazos que se ponía para dejarlo para a la semana estar de vuelta con un cigarrillo sobre los labios.
Le quedaban unos cinco centímetros de línea blanca, antes de llegar hasta el filtro, que era cuando siempre apagaba su cigarrillo.
Inhaló con exagerada fuerza el humo, luego lo exhaló de igual forma. Tomó el cigarrillo con el pulgar y el índice, lo llevó hasta la altura de sus ojos. Se quedó mirando cómo se consumía, antes de que el tenue rojizo llegara hasta sus dedos arrojó el pucho, sobre el fuego de la parrilla.
Se llevó la mano derecha hasta el bolsillo trasero del pantalón, tomó el paquete: un cigarrillo, lo guardó en el bolsillo de la camisa.
Todavía no había puesto el asado, ya era hora. Antes de poner la carne en la parrilla decidió ir hasta su pieza y dejar el paquete en el primer cajón de su mesa de luz.

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