Desde que en la adolescencia se dio cuenta de que era homosexual, había decidido mantenerlo en secreto, ser un tapado. Eso no significaba que reprimiera su contacto con hombres, pero se aseguraba de que no se involucraran más de la cuenta. En general, antes de estar con uno lo stalkeaba. Siempre les aclaraba que solo buscaba sexo, pero sabía que igual algunos “flasheaban”, y de esos se cuidaba.
Se estaba viendo con otro tapado como él. Prefería estar con tapados y no repetir, algo que sí había hecho con Lucas.
No solía verse más de tres veces con el mismo hombre. Lucas, además de atraerle, le gustaba. Tenían muchísima química sexual y no se lo sacaba de la cabeza durante el día. Sentía deseos de abrazarlo, de besarlo, de charlar, pero no se lo iba a permitir. Si lo hacía, tendría que resignar su relación con Esmeralda, el trabajo apalabrado con su suegro, la vida que había proyectado. Todo por algo estéril y perecedero como un posible amor. Además, Lucas estaba en la misma situación. Eran muy parecidos y sabía que si renunciaban a todo, no habría día en que no se lo reprocharan, aunque fuera en gestos o silencios.
“Renunciar a lo que podía ser su carrera sería como amputarse un brazo o una pierna. No, nunca podría hacerlo, y él tampoco”, pensó.
El entusiasmo bajaría y esas fantasías cursis también.
“Lo mejor es que se vieran más seguido así se les pasaba. Como cuando comía algo hasta que le terminaba dando asco”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario