domingo, 1 de octubre de 2017

Encrucijadas de la vida /5)

Podría completar el cliché dándole una cachetada, o tirándole una copa llena de vino sobre la cara.
La estaban dejando en un restaurante, y para más discreción, su amante lo había hecho cerrar esa noche.

Todo era un cliché: la elegancia del lugar, la de él, impecable con un traje a la medida, hecho en Italia, por uno de los diseñadores más famosos del mundo, y ella también elegante, aunque no de diseñador, pero sí de etiqueta, y sin pensar que lo que iba a recibir era esa noticia.

"No puedo ser tan idiota, pensaba que me pediría matrimonio. Debería agarrar este cuchillo y clavármelo en el cuello.
Si le contesto, voy a sonar despechada, pero qué mierda me importa. Lo estoy. Una pobre idiota, infeliz que se sometió a la voluntad de un tipo, que soñó con lo que no era.
Ahora me despertó con susurros, para que me lavara la cara, me peinara, me vistiera y luego, ya acá sentadita y sonriente, tirarle un balde de agua fría."

—Sos un hijo de re mil putas, pero ésta no se va a quedar así, Marcos, vos sabés quién soy.
—Vos también sabés quién soy.
—Sí, pero esto... nada, nada.

"Por qué mierda lo amenacé. Con eso solo lo previne, idiota que soy, me pudo la calentura. Toda la vida tratando de ser cerebral, de no dejarme llevar por las emociones, y tenía que caer en el cliché, de desbaratarme por un hombre, y para peor, por una ruptura, por puro despecho.
Solo me falta salir de acá, ir a emborracharme a un bar, y acostarme con el primer tarado que me encare.
Pero no, voy a ser un poquito menos obvia."

Se subió a su auto, bajó la ventanilla, dejó que el viento cálido que anunciaba la lluvia próxima barriera sus lágrimas azuladas. Ese día había querido usar delineador azul, por lo que era el color que ahora se escurría por sus mejillas.

Manejó con más lentitud de lo habitual.

Al llegar a su departamento, se descalzó, se desnudó, puso a llenar la bañera y echó sales dentro. La espuma empezó a surgir y se metió dentro.

Se quedó en la bañera hasta que su piel empezó a arrugarse. Salió, se colocó la bata, se sentó en una silla giratoria, apoyó los antebrazos sobre su escritorio y abrió su laptop. Buscó una llave que tenía debajo del escritorio que abría uno de los cajones; de allí sacó una pequeña caja de música. Debajo de la pequeña bailarina que danzaba al ritmo de Para Elisa, extrajo un pendrive.

Lo colocó en la laptop. La pantalla se puso negra por un segundo, reflejando su rostro, donde se dibujó una apenas reconocible sonrisa.

"Te voy a destruir, Marcos, la venganza es el cliché que mejor me sienta."



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