Ya he retrasado bastante contar esto, pero hoy aprovechare que es el cumpleaños de mi nieta, y supongo que con el griterío de los chicos, mi hija pidiéndome que la ayude en esto o lo otros y luego las charlas triviales en general que se harán a la hora de la cena, no tendré tiempo para recordar una vez más, uno de los momentos más angustiosos de mi vida.
Cuando leímos en el recorte del diario La Nación, que estaban haciendo pruebas como en ese tiempo se llamaba a los casting, para una mujer de mi edad, en ese tiempo andaba en los 18, decidí sin más ir, mi madre le firmó un papel Almudena, nombrándola la tutora legal, y nos fuimos para allá en tren.
La fila era inmensa, estaba lleno de chicas, la mayoría de las que veía, me daban una mezcla de pena y satisfacción, pena porque muchas eran feas, unas por tener los labios demasiado anchos, otras demasiado finos, otras orejudas, ojonas, narigonas, las había también insulsas, chicas que parecían hechas en una fabricas, casi iguales a otras tantas, condenadas a pasar desapercibidas.
Todo eso hacia que mi ego se subiera por los cielos, sabia que a todas ellas les podía ganar, y así fue, en el viaje de vuelta nos la pasamos hablando con Almudena de la 2 prueba, que sería al día siguiente, de mis posibilidades, aunque yo ya me veía siendo peinada, vestida, maquillada, calzada y con el director indicándome qué hacer.
Cambió tanto todo ese 2 día, no había chicas feas que inspiraran lastima, al contrario, y yo ahí era solo una más, cosa que se notaba en mi cara y en las demás, el miedo a no quedar, y también la tristeza de darnos cuenta que podíamos ser la más linda de la cuadra, del barrio o del pueblo, pero como nosotras había cientos, no éramos nada particular, y así fue, no me llamaron para una tercera prueba.
Hicimos el viaje de vuelta en silencio, cosa que en mi interior sigo agradeciéndole a Almudena. Por suerte no dijo ninguna palabra de consuelo o frase hecha halagadora. Ella entendía como nadie lo que era ser rechazada.
al despedirnos en la estación, nos dijimos adiós, sabiendo que era literal, no habría un hasta mañana, era un hasta nunca.
Qué digna y comprensiva era Almudena, yo que nunca más la fui a ver y que casi que si la veía en una calle apenas le decía chau, como si fuéramos unas desconocidas, nunca le contó a nadie mi secreto, y habría sido un secreto voces que yo era una actriz frustrada, pero no, guardo silencio, me tuvo una lealtad que yo creo que no supe retribuir, ya que aunque nunca conté tampoco que a veces nos disfrazamos y ensayábamos obras que nunca se harían, eso solo habría sido una mancha más al tigre, porque todos consideraban a Almudena una excéntrica. Pero pocos sabían de mis aspiraciones frustradas.
Veinte años después, cuando una mañana me entere que había muerto, me costó creerlo, en parte porque para mí lo había estado desde hacía años, la había matado esa tarde al despedirnos.
Lo que se supo, es que después de ir al bingo, donde iba casi todos los sábados con su mama, aunque esta ya había muerto un mes antes, seguía yendo por costumbre. Conducía alcoholizada de regreso y chocó contra un árbol. Sospechaban que se había equivocado de pedal, al apretar el acelerador en vez del freno. Yo estoy segura que lo hizo a propósito, para mí fue un suicidio, se había ido matando de a poco durante años, solo vivía para no dejar sola a su madre.
En el pueblo sabíamos que era una alcohólica, supongo que ir a ese bingo deprimente, le sirvió para darse coraje y acabar con su vida.
Llore tanto, no en el velorio (donde la mayoría fue solo por el morbo de ver cómo le había quedado la cara, que por suerte no mostraba más que una bien disimulada marca). Sino luego, cuando me encerré en el baño, y refugiada en el sonido de la ducha, pude largar lagrimas y gemidos a gusto, me sentía culpable, sola, frustrada, y todavía me siento así cada vez que la recuerdo.
Cuando leímos en el recorte del diario La Nación, que estaban haciendo pruebas como en ese tiempo se llamaba a los casting, para una mujer de mi edad, en ese tiempo andaba en los 18, decidí sin más ir, mi madre le firmó un papel Almudena, nombrándola la tutora legal, y nos fuimos para allá en tren.
La fila era inmensa, estaba lleno de chicas, la mayoría de las que veía, me daban una mezcla de pena y satisfacción, pena porque muchas eran feas, unas por tener los labios demasiado anchos, otras demasiado finos, otras orejudas, ojonas, narigonas, las había también insulsas, chicas que parecían hechas en una fabricas, casi iguales a otras tantas, condenadas a pasar desapercibidas.
Todo eso hacia que mi ego se subiera por los cielos, sabia que a todas ellas les podía ganar, y así fue, en el viaje de vuelta nos la pasamos hablando con Almudena de la 2 prueba, que sería al día siguiente, de mis posibilidades, aunque yo ya me veía siendo peinada, vestida, maquillada, calzada y con el director indicándome qué hacer.
Cambió tanto todo ese 2 día, no había chicas feas que inspiraran lastima, al contrario, y yo ahí era solo una más, cosa que se notaba en mi cara y en las demás, el miedo a no quedar, y también la tristeza de darnos cuenta que podíamos ser la más linda de la cuadra, del barrio o del pueblo, pero como nosotras había cientos, no éramos nada particular, y así fue, no me llamaron para una tercera prueba.
Hicimos el viaje de vuelta en silencio, cosa que en mi interior sigo agradeciéndole a Almudena. Por suerte no dijo ninguna palabra de consuelo o frase hecha halagadora. Ella entendía como nadie lo que era ser rechazada.
al despedirnos en la estación, nos dijimos adiós, sabiendo que era literal, no habría un hasta mañana, era un hasta nunca.
Qué digna y comprensiva era Almudena, yo que nunca más la fui a ver y que casi que si la veía en una calle apenas le decía chau, como si fuéramos unas desconocidas, nunca le contó a nadie mi secreto, y habría sido un secreto voces que yo era una actriz frustrada, pero no, guardo silencio, me tuvo una lealtad que yo creo que no supe retribuir, ya que aunque nunca conté tampoco que a veces nos disfrazamos y ensayábamos obras que nunca se harían, eso solo habría sido una mancha más al tigre, porque todos consideraban a Almudena una excéntrica. Pero pocos sabían de mis aspiraciones frustradas.
Veinte años después, cuando una mañana me entere que había muerto, me costó creerlo, en parte porque para mí lo había estado desde hacía años, la había matado esa tarde al despedirnos.
Lo que se supo, es que después de ir al bingo, donde iba casi todos los sábados con su mama, aunque esta ya había muerto un mes antes, seguía yendo por costumbre. Conducía alcoholizada de regreso y chocó contra un árbol. Sospechaban que se había equivocado de pedal, al apretar el acelerador en vez del freno. Yo estoy segura que lo hizo a propósito, para mí fue un suicidio, se había ido matando de a poco durante años, solo vivía para no dejar sola a su madre.
En el pueblo sabíamos que era una alcohólica, supongo que ir a ese bingo deprimente, le sirvió para darse coraje y acabar con su vida.
Llore tanto, no en el velorio (donde la mayoría fue solo por el morbo de ver cómo le había quedado la cara, que por suerte no mostraba más que una bien disimulada marca). Sino luego, cuando me encerré en el baño, y refugiada en el sonido de la ducha, pude largar lagrimas y gemidos a gusto, me sentía culpable, sola, frustrada, y todavía me siento así cada vez que la recuerdo.
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