Me levanto somnolienta, como siempre, me lavo la cara, cada día más arrugada, me sonrío y me seco.
Cuando era adolescente pensaba, bah, una a esa edad siente que la vejez es algo tan remoto e irreal como que le salgan alas, pero la idea que se me pasó por la cabeza en ese tiempo, era que sería un anciana que viviría recordando sus viejas glorias. Una especie de Norma Desmond, en una gran mansión, viendo sus películas una y otra vez.
Nada más alejado de esa realidad es mi rutina diaria, podría edulcorarla y decir que es más realista y simple, pero la verdad yo en eso nunca vi nada heroico, solamente mediocridad y conformismo.
Los días como hoy recuerdo cuando iba a la casa de Almudena, y esta me esperaba con chocolate caliente.
Pobre Almudena, su nombre que creo que no he conocido a otra persona que se llame así. Según sé es bastante popular en España, donde ella había nacido, pero acá no, recuerdo que muchos decían que ella le hacia honor al nombre porque era tan rara como el mismo.
Era española, sus padres al igual que todos sus parientes, se habían dedicado siempre al teatro ambulante, tenían una pequeña compañía familiar donde por lo general representaban comedias, entremeses, zarzuelas y demás géneros populares. Aunque cuando podían se daban el lujo de perder plata y representar alguna tragedia.
Cuando nació, sus padres apenas tenían para vivir, por lo que decidieron junto con el resto de la familia, venirse a Argentina y ver si en el tan cacareado prospero país del sur, tenían más suerte.
Pero los hermanos de su padre ni bien bajaron del barco, dejaron la compañía y probaron suerte en el campo. Según argumentaron estaban cansados de que apenas les alcanzara para comer, y se buscaron trabajos en el campo. El padre de Almudena, Ramón, se peleó con ellos, llamándolos traidores, y siguió con la compañía solo con su esposa, adaptando las obras para que tuvieran solo 2 personajes. Pronto se fundieron, no les alcanzaba ni para pagar el cuarto de las diferentes pensiones en donde se alojaban en cada pueblo, por lo que a regañadientes tuvo que agachar la cabeza y pedirle a sus hermanos que lo ayudaran. Estos que habían prosperado comprando grandes parcelas de tierra entre todos, a base de ahorro, y la cuál debían seguir pagando por 10 años, le rentaron un pedazo de tierra y le vendieron a cuotas 2 vacas, algunos cerdos, unas gallinas.
Ramón odiaba esa vida, era un ser nómada, y ver todos los días el mismo verde, los mismos animales y ocuparse de alimentarlos lo desesperaba, por eso para olvidarse de su realidad, se pasaba el día narrándole a su hija Almudena monólogos de sus obras preferidas, le enseñó a leer a los 5 años a través de estas, y también guarda una parte de lo que ganaba para comprar telas que su mujer convertía en vestidos para la niña, así podía jugar a ser una gitana, una reina, una monja o lo que quisiera, pero cada vestido se lo tenía que ganar recitando de memoria y sin errores algún monologo.
Podría seguir escribiendo sobre Almudena, pero lo que conté es lo mejor que le sucedió, ya luego la frustración, y hoy la verdad que no tengo ganas de contar pálidas, ya para eso mi vida.
Cuando era adolescente pensaba, bah, una a esa edad siente que la vejez es algo tan remoto e irreal como que le salgan alas, pero la idea que se me pasó por la cabeza en ese tiempo, era que sería un anciana que viviría recordando sus viejas glorias. Una especie de Norma Desmond, en una gran mansión, viendo sus películas una y otra vez.
Nada más alejado de esa realidad es mi rutina diaria, podría edulcorarla y decir que es más realista y simple, pero la verdad yo en eso nunca vi nada heroico, solamente mediocridad y conformismo.
Los días como hoy recuerdo cuando iba a la casa de Almudena, y esta me esperaba con chocolate caliente.
Pobre Almudena, su nombre que creo que no he conocido a otra persona que se llame así. Según sé es bastante popular en España, donde ella había nacido, pero acá no, recuerdo que muchos decían que ella le hacia honor al nombre porque era tan rara como el mismo.
Era española, sus padres al igual que todos sus parientes, se habían dedicado siempre al teatro ambulante, tenían una pequeña compañía familiar donde por lo general representaban comedias, entremeses, zarzuelas y demás géneros populares. Aunque cuando podían se daban el lujo de perder plata y representar alguna tragedia.
Cuando nació, sus padres apenas tenían para vivir, por lo que decidieron junto con el resto de la familia, venirse a Argentina y ver si en el tan cacareado prospero país del sur, tenían más suerte.
Pero los hermanos de su padre ni bien bajaron del barco, dejaron la compañía y probaron suerte en el campo. Según argumentaron estaban cansados de que apenas les alcanzara para comer, y se buscaron trabajos en el campo. El padre de Almudena, Ramón, se peleó con ellos, llamándolos traidores, y siguió con la compañía solo con su esposa, adaptando las obras para que tuvieran solo 2 personajes. Pronto se fundieron, no les alcanzaba ni para pagar el cuarto de las diferentes pensiones en donde se alojaban en cada pueblo, por lo que a regañadientes tuvo que agachar la cabeza y pedirle a sus hermanos que lo ayudaran. Estos que habían prosperado comprando grandes parcelas de tierra entre todos, a base de ahorro, y la cuál debían seguir pagando por 10 años, le rentaron un pedazo de tierra y le vendieron a cuotas 2 vacas, algunos cerdos, unas gallinas.
Ramón odiaba esa vida, era un ser nómada, y ver todos los días el mismo verde, los mismos animales y ocuparse de alimentarlos lo desesperaba, por eso para olvidarse de su realidad, se pasaba el día narrándole a su hija Almudena monólogos de sus obras preferidas, le enseñó a leer a los 5 años a través de estas, y también guarda una parte de lo que ganaba para comprar telas que su mujer convertía en vestidos para la niña, así podía jugar a ser una gitana, una reina, una monja o lo que quisiera, pero cada vestido se lo tenía que ganar recitando de memoria y sin errores algún monologo.
Podría seguir escribiendo sobre Almudena, pero lo que conté es lo mejor que le sucedió, ya luego la frustración, y hoy la verdad que no tengo ganas de contar pálidas, ya para eso mi vida.
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