sábado, 1 de octubre de 2011

La cueva de los heridos /4) Ayuda.

Mañana me sacaran las vendas.
No me quiero ni imaginar como me voy a ver pelada, y encima aguantarme que me saquen los puntos.
Pelada, media renga, apenas puedo mover las manos.
Si llego a salir así a la calle me van a tirar monedas.
Y a mama también.

La mueca que se le dibujaba en los labios era imposible de disimular, quería reírse de ella a carcajadas.
-Agarra las llaves.
-No puedo manejar, quien me va a hacer los cambios, vos no podes con la mano quemada.
-Llama un remis.
-No tengo el numero de ninguno.
-La puta que te parió, busca en mí cartera.
Él disfrutaba ver el dolor que sentía, pero la histeria que su esposa transmitía era más fuerte que el dolor, por lo que se apuró en la búsqueda y posterior llamada.
Pasada la medianoche, llegaron.

-Mama como te vas a poner a lavar el piso, casi te matas por ponerte hacer cosas que nadie te pide, estamos pagando a una chica para que lo haga y vos la hechas afuera, para eso te regalábamos un perro.
-Si mama, después decís que no querés estar en un asilo, es lo que necesitas, porque hay no vas a tener que lavar ni hacer nada, vos no lo haces porque te gusta, lo haces porque te crees que nadie limpia como vos.
-Lo hago porque ustedes contratan las peores mierdas que hay, y déjense de joder con el asilo, para desgracia de ustedes no soy una vieja senil, así que van a tener que esperar para vender la casa.
-Siempre con la paranoia vos, déjate de joder mama, nadie quiere vender nada.
-No solo se preocupan por mí, cuando les dije yo que estaba mal en la casa, si les hubiera pedido irme a vivir con ustedes las entendería que quisieran sacarme de encima, pero yo no me meto en sus vidas, vos vivís cambiando de machos, porque ni a parejas llegan esos, y quien te dice algo, y esta otra mejor ni hablar, vos no sos capaz de separarte ni para cagar de tu marido así que antes de venir a meterse en mi vida y en lo que necesito, ocúpense de las suyas.

No, no se había quedado con él por amor, ni justificándolo, ni creyendo que le pegaba porque la amaba, y que ella tenia la culpa de que él la golpeara.
Se quedó por miedo, en lo que se parecía a esas mujeres, era en que creía a su marido todopoderoso, con ojos y brazos enormes capaz de encontrarla en cualquier parte.
Varias veces había juntado la ropa,y vuelto a ponerla en los cajones, se volvió algo tan común como lavarse la cara, aunque después volvía a guardar todo, lo que más miedo le daba y parecía confirmar sus temores era que siempre que lo hacia él miraba de reojo esos cajones, y luego a ella, y no era una mirada de furia, o burla, sino glacial, cuando la miraba así a ella le costaba no temblar, ya que sabia que lo que seguía eran los golpes.

Se sentía sucia y agotada, pero quería ver al bebe, comprobar que estaba en una incubadora, le costaba caminar y más le costaba tener que depender de la enfermera para dar esos pasos, pero lo hizo, aunque ésta le hacia mala cara, por no seguir su sugerencia de que primero se aseara.
Quería tocarlo, pero al verlo, tan pequeño, con cables en el pecho, dormido le daba la sensación de estar muerto.

Odiaba cuidar de sus parientes, y sobretodo había odiado cuidar a su marido, el primer tiempo todos la juzgaron por mostrar más eficiencia con cualquiera menos con su marido.
-Tanto te cuesta hacer bien las cosas, a él nunca le encontras la vena.
Y después, cuando logró ocuparse de él y de todas sus necesidades, sin mostrar el costo emocional que esto le generaba, su suegra le reclamó eso, hasta que ella la terminó echando de la casa.
Siempre que tenia un rato sin venir nadie, pensaba en ello, era raro, en su casa casi nunca pensaba en la enfermedad y muerte de su marido, pero en el hospital, cuando no tenia nada que hacer siempre le venían a la mente esos recuerdos, las jeringas, los sueros, los frascos, las ampollas, los avivaban. 

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