Soto, por Juan Alberto Soto, un terrateniente que cedió unas cuantas hectáreas para que pasaran las vías de tren y en su honor llamaron así a la estación, o capaz que fue una exigencia del tipo, quién sabe.
En fin, la ciudad no ha crecido mucho, otras que limitan con ella, sí. Acá todo sigue tranquilo, de hecho no parece el conurbano o la imagen que se tiene de ese lugar. No hay villas, asfalto lleno de pozos, ni edificios de fabricas cerradas. Las ciudades vecinas, sí, pero Soto nunca creció demasiado, fue digamos preservada, quedó ahí como un lugar más. Luego los ricos de las ciudades de alrededor construyeron un par de barrios cerrados y de eso más o menos vivió la ciudad.
Mi madre nació y se crio ahí, en un tiempo, según mi tía, que se podía seguir saliendo a la vereda a jugar, aunque por lo que vi, ahora si quisieran también. No me parece una zona particularmente insegura, pero igual todas las casas están enrejadas, en el tiempo que mi madre vivió acá, no.
Victoria Díaz, así se llamaba mi madre, de chica había sido bastante tímida, aunque agradable. Por las fotos, muy bonita, no así en la adolescencia, donde sus rasgos habían madurado de forma tosca.
Decidí comenzar con las entrevistas a los vecinos. Mi equipo, suena extraño decir eso, pero eso es lo que son, lo completan dos amigos: Patricia y Enzo, lo hacen ad honoren por lo que sé que no siempre voy a poder contar con ellos.
A la primera que entrevistamos esa a una señora de unos 80 años, unos años menos que mi abuela.
Nos hace pasar, nos convida mate y galletitas, vive sola, se siente halagada y no sabe como hacer para que nos sintamos cómodos. Le encanta tener compañía por un rato y que la escuchen, sobre todo con interés.
-Sí, yo me mudé cuando tu abuela estaba embarazada de tu mamá, una cosita lindísima cuando nació. Después la veía cada tanto, no salía mucho, sabes, a veces jugaba a la rayuela, siempre solita.
Le agradecí a la señora sus palabras, y sobre todo que no aprovechara la charla para hablar de ella en vez de mi madre, ni tampoco inventará historias para retenernos ahí.
Le agradecí a la señora sus palabras, y sobre todo que no aprovechara la charla para hablar de ella en vez de mi madre, ni tampoco inventará historias para retenernos ahí.
De la época en que mi madre viviera allá, sobre quedaba un matrimonio, ninguno de los dos nos aportó nada. Apenas se habían cruzado con ella, ambos eran médicos y trabajaban todo el día, no habían tenido tiempo de fijarse en nadie.
Decidimos que por hoy estaba bien, levantamos el equipo y nos volvimos.
Por lo visto mi madre no había dejado grandes impresiones en el barrio. Me pregunto si en algún lado si lo había hecho.
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