sábado, 9 de septiembre de 2017

Encrucijadas de la vida /3)

Ya era licenciado en administración. El diploma se lo darían la semana siguiente, pero eso era simbólico: lo concreto ya estaba hecho. Ahora su futuro suegro —y esperaba que también jefe— podría contratarlo.

Había obtenido las mejores calificaciones del curso. Desde la primaria hasta la universidad, nunca habían bajado de 9. Nunca se había permitido otra cosa.

La comida familiar le interesaba poco. Le resultaba agradable la alegría de su madre; también sabía lo que le debía. Sentía más gratitud que amor. En el fondo, la veía como una mujer que había intentado vivir a través de él. Le devolvía el gesto con una sonrisa, interpretando al hijo afectuoso cuyo mayor logro era verla satisfecha.

No le costaba. No era la única con la que actuaba: siempre mostraba lo que los demás querían ver.

Bajó del auto. Su madre se lo había regalado para que no tuviera que viajar en colectivo o combi.

Sintió el olor de la salsa: lasaña.

“Si mamá supiera que hace años dejó de ser mi comida preferida.”

Entró igual. No estaba mal. Servía para recordar lo que ya no era: un muchachito del interior. Lo único que seguía igual era esa comida, y esa familia con la que esperaba, cada día, tener menos que ver.

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