Su madre y su hermana habían muerto con menos de un año de diferencia. El año había sido lo único que esas dos muertes compartían, además del lazo familiar.
Su madre: Catalina, odiaba su nombre, Cata para todos o Caty, murió del corazón mientras dormía. Según le dijo el doctor, ni siquiera lo había sentido, pasó de un sueño a otro. Mercedes no sabía si creerlo, pero optó por hacerlo, de qué le serviría atormentarse. Además, su madre, para los 88 años y los achaques propios de la edad, era una mujer que andaba relativamente bien, gracias a Dios no se había vuelto senil. Hasta el último día de su vida se empeñó en prepararse desde el desayuno hasta la cena. Solo se sacaba el delantal cuando salía de la casa, pero puertas adentro para recibir visitas, ir al baño o acostarse.
Su hermana Isabel, por el contrario, sí sufrió, al mes de muerta su madre, le detectaron un segundo cáncer, aparte del de mamas que sufriera tres años antes.
Cuando vio la cara de su hermana era como si algo se quebrara en ella, pero cuando escuchó lo que dijo en voz muy baja, aunque después lo repitió hasta la saciedad: "de esta no salgo, me voy a morir".
Isabel, la más joven, más linda, más decidida, siempre la admiró y un poco la envidió. Su imagen le había quedado asociada a su niñez, cuando le tocaba cuidarla, viéndola jugar con una muñeca de porcelana, a ambas las veía igual de hermosas y frágiles. Y luego, su cara en el cajón, tan blanca como la de la muñeca.
Suspiró y pensó en la "herencia" de Isabel. Los estaba esperando, llegarían en cualquier momento.
Recordó las veces que con su madre, entre mates, comentaban:
Su madre: Catalina, odiaba su nombre, Cata para todos o Caty, murió del corazón mientras dormía. Según le dijo el doctor, ni siquiera lo había sentido, pasó de un sueño a otro. Mercedes no sabía si creerlo, pero optó por hacerlo, de qué le serviría atormentarse. Además, su madre, para los 88 años y los achaques propios de la edad, era una mujer que andaba relativamente bien, gracias a Dios no se había vuelto senil. Hasta el último día de su vida se empeñó en prepararse desde el desayuno hasta la cena. Solo se sacaba el delantal cuando salía de la casa, pero puertas adentro para recibir visitas, ir al baño o acostarse.
Su hermana Isabel, por el contrario, sí sufrió, al mes de muerta su madre, le detectaron un segundo cáncer, aparte del de mamas que sufriera tres años antes.
Cuando vio la cara de su hermana era como si algo se quebrara en ella, pero cuando escuchó lo que dijo en voz muy baja, aunque después lo repitió hasta la saciedad: "de esta no salgo, me voy a morir".
Isabel, la más joven, más linda, más decidida, siempre la admiró y un poco la envidió. Su imagen le había quedado asociada a su niñez, cuando le tocaba cuidarla, viéndola jugar con una muñeca de porcelana, a ambas las veía igual de hermosas y frágiles. Y luego, su cara en el cajón, tan blanca como la de la muñeca.
Suspiró y pensó en la "herencia" de Isabel. Los estaba esperando, llegarían en cualquier momento.
Recordó las veces que con su madre, entre mates, comentaban:
-Pobre Isa, los hijos le salieron uno peor que el otro.
-Reventados igual que el padre. Maldigo la hora en que se fue a cruzar con él.
Hasta que vendieran la casa, ellos vivirían allí.
El primero en bajarse del colectivo fue Federico, de negro y lleno de tatuajes. Le siguió Gabriela, a pesar de pasar los cuatro meses de embarazo, apenas se le notaba. Por último Sebastián, con una capucha, una gorra abajo que le cubría media cara y auriculares.
Mercedes se cuestionó el haber ido, intentó justificarse en que era hasta la parada, que quedaba cerca de la casa, pero bueno, cortesía o hipocresía, ya estaba ahí.
Les dio un beso frío a cada uno, y estos se los devolvieron con la misma frialdad.
Se encaminaron para la casa y entraron, Mercedes exhaló profundamente y cerró la puerta.
Hasta que vendieran la casa, ellos vivirían allí.
El primero en bajarse del colectivo fue Federico, de negro y lleno de tatuajes. Le siguió Gabriela, a pesar de pasar los cuatro meses de embarazo, apenas se le notaba. Por último Sebastián, con una capucha, una gorra abajo que le cubría media cara y auriculares.
Mercedes se cuestionó el haber ido, intentó justificarse en que era hasta la parada, que quedaba cerca de la casa, pero bueno, cortesía o hipocresía, ya estaba ahí.
Les dio un beso frío a cada uno, y estos se los devolvieron con la misma frialdad.
Se encaminaron para la casa y entraron, Mercedes exhaló profundamente y cerró la puerta.
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